Historias cortas de Halloween que te dejarán la sangre helada

La noche cae y el sigilo se apiada de todos los rincones de tu casa. Las sombras cobran vida entre cortinas, esquinas y pasillos infinitos. El ruido de un crujido acelera tu corazón, no sabes si girarte o echar a correr. Armado de valor, volteas tu cabeza hacia el lugar donde procede el sonido. En tu mente rondan las más temidas pesadillas. ¿Hay alguien en mi casa? Afortunadamente, no lo parece. Pero ¿Y si algo invisible me está acechando?… Los miedos vuelven y el pulso no para de subir. ¡Escóndete! Es la noche de Halloween y hoy se abre un portal hacia lo desconocido. O mejor, rodéate de tus amigos y disfruta de una experiencia de terror con estas leyendas de Halloween que hemos preparado para ti. ¡Vamos a pasarlo de miedo!

Leyendas de Halloween: El loco

Laurie acababa de ser admitida en un nuevo empleo a causa de la baja imprevista de otro trabajador, por eso no tuvo mucho tiempo para prepararse antes de partir hacia la nueva empresa: una compañía de productos químicos donde ejercería de gerente de comercio internacional. Tuvo que salir ese mismo fin de semana para llegar a tiempo y conservar su puesto de trabajo, así que partió con lo justo y necesario. Al cabo, pensó que ya volvería a por el resto cuando se hubiera acomodado —ya que la empresa le proporcionaba un alojamiento y tenía donde vivir—. En su coche, un Golf del año 2000, únicamente había una maleta con ropa y objetos de higiene personal, un par de libros y, por supuesto, su inseparable compañero peludo de cuatro patas, Robbie.

El viaje era largo y tenía que atravesar varios puertos de montaña. Pero eso no la desalentó para lanzarse a la carretera y comenzar con este nuevo trabajo que tanta ilusión le hacía. El cielo se fue oscureciendo hasta que cayó la noche. Una noche cerrada de invierno que amenazaba con una inminente tormenta. En su viejo coche no llevaba ningún CD y mucho menos tecnología inalámbrica para conectar el teléfono, así que optó por poner la radio para que el camino fuera más ameno. Sin embargo, las inclemencias del tiempo se materializaron en forma de llovizna y mucho viento, casi cuando coronaba la cima de aquella montaña oscura y repleta de vegetación. Los faros del coche alumbraban los árboles y dibujaban figuras con sombras tenebrosas que parecían que fueran a salir de entre la maleza. De repente, la pista musical se cortó con un aviso urgente por parte de las autoridades:

—¡Atención!, uno de los locos más peligrosos del condado se ha escapado. La policía y los cuerpos de seguridad del estado se encuentran en su búsqueda. Rogamos se protejan y se escondan en un lugar seguro. Cierren ventanas y puertas y no abran a desconocidos.

La piel de Laurie se erizó y su corazón latía como si fuera a salirse del pecho, puesto que la prisión se encontraba en la misma región que ella. En un momento de lucidez logró recuperar la calma, pensó que si no lo hacía tendría un accidente con su vehículo. Acarició a su perro y volvió a concentrarse en la carretera. Sin embargo, el temporal había empeorado y a la lluvia se sumó una neblina densa, propia de los puertos de montaña en época invernal. El peligro era obvio, pero no podía detenerse en mitad de la calzada teniendo en cuenta aquel aviso de las autoridades que acaba de escuchar, así que optó por seguir conduciendo, reduciendo la velocidad hasta encontrar un lugar seguro.

Y así fue, 30 minutos después, la vegetación de la montaña se aclaró y las luces de neón de un viejo motel de carretera le invitaron a detener su vehículo y buscar cobijo. En el aparcamiento solo había un vehículo, supuso que sería el del personal de recepción. Una vez dentro, entre aquellas paredes con olor a humedad y tabaco, ubicó el mostrador. En la recepción —por llamarla de alguna forma, debido a su deplorable estado— le atendió un hombre de mediana edad, con bigote y barriga prominente. Laurie se alojó junto a su perro en una de las habitaciones de aquel remoto lugar, escogió aquella que tenía menos goteras. 

—Da igual. Solo faltan 5 horas para que amanezca, mañana me iré y esto solo será un mal recuerdo que contar a mis compañeros de trabajo.

Repetía esas palabras en su cabeza para intentar convencerse a sí misma. Así que se duchó y se relajó viendo un programa de preguntas y respuestas en la antigua televisión de la habitación, ya que su teléfono no tenía cobertura. Al mismo tiempo, acariciaba a su perro, que yacía tumbado en el suelo junto a su cama. No tardó mucho en dormirse, aquel viaje y el estrés la habían agotado, así que nada más cerrar los ojos cayó en un sueño profundo. Dos horas después, quizá tres… algo la despertó. Las goteras caían ahora sobre su cara. Se limpió con una mano, mientras que con la otra seguía acariciando a su fiel compañero. Sin embargo, el destello de un relámpago hizo que su mano se alumbrara y con horror, descubrió que no era agua lo que la había estado mojando, sino sangre… 

El líquido rojo, todavía caliente, empapaba toda su ropa, pero lo más terrorífico fue cuando al mirar hacia arriba comprobó de dónde venía. Era su perro Robbie, yacía colgado de una cuerda por el cuello y abierto en canal mientras la sangre brotaba de sus tripas. El terror paralizó momentáneamente a Laurie, pero en su cabeza había algo que la atormentaba. Si su perro había sido asesinado… Entones, ¿a quién estaba acariciando?

Llamada del Más Allá, una historia corta de Halloween sobre la muerte, la culpa y una última despedida

Damián siempre decía que su hermana y él eran inseparables, aunque la distancia los separara. Cuando ella murió en un accidente de coche la noche de Halloween, su mundo se vino abajo. Su hermana Julia perdió el control del vehículo con la mala fortuna de caer en un embalse. El golpe la aturdió, pero no acabó con su vida. En sus últimos minutos, tuvo la oportunidad de llamar a su hermano, pero Damián se encontraba con sus amigos y esta vez decidió ignorar la llamada. Desde entonces, la culpa le invadía y no hallaba consuelo en ningún lugar. El entierro fue silencioso, húmedo, con una llovizna constante que empañaba los cristales del coche fúnebre. Él no habló con nadie. Solo miraba su móvil, esperando un mensaje que nunca llegaría. Pero esa misma noche, el teléfono sonó. El nombre en la pantalla lo dejó helado: «Julia». Respondió sin pensar, entre lágrimas.

—¿Julia…?

Un silencio largo, profundo. Luego, sonó una voz apenas perceptible, como bajo el agua:

—¿Por qué… no contestaste… antes?

El móvil se le cayó de las manos. Llamó a sus padres, a la policía, a cualquiera, pero nadie le creyó. “El número debe estar guardado en la nube o tal vez alguien lo ha clonado para hacer una broma macabra”, le dijeron. Pasaron los días, y cada noche, esperaba una nueva llamada. Hasta que en la víspera de Halloween volvió a ocurrir, y al responder la voz dijo:

—Ven conmigo… por favor. 

A la mañana siguiente, Damián fue encontrado sin vida en su habitación. No había signos de violencia. Lo más extraño de todo es que, a pesar de que Damián estaba seco, el suelo de la habitación estaba mojado, de hecho, la humedad tenía forma de las huellas de los pies. Desde entonces, muchos repiten su historia como una leyenda de Halloween, una de esas historias de Halloween donde la línea entre la realidad y el Más Allá se diluye. Dicen que, si a medianoche ves un mensaje de un familiar fallecido, no lo abras. Porque quizá sea alguien que te amó demasiado y quiere que le acompañes al otro lado. Porque Halloween, leyenda y realidad, se confunden cuando los que amamos olvidan cerrar las puertas del pasado.

La maldición del tercer parpadeo, un cuento de Halloween que nunca deberías leer en voz alta

Cuentan los más viejos del lugar que esta historia de Halloween corta no nació como un cuento para asustar, sino como una advertencia. La misma se remonta al siglo XVII, en un pueblo olvidado por los mapas, donde la niebla no se levantaba ni en verano ni las aves detienen su vuelo para descansar. Allí vivía una mujer llamada Elda Miren, una curandera de manos frías y mirada profunda. Sabía sanar con hierbas, pero también veía cosas. Decían que cuando miraba a alguien a los ojos durante unos minutos, esa persona soñaba esa misma noche con su propio final. La gente temía encontrarse con ella y evitaban cruzar miradas, incluso los comerciantes dejaron de venderle sus mercancías, hasta que al final fue desterrada a una cabaña en mitad del bosque. El miedo era tanto, que una fría noche de invierno varios de los aldeanos decidieron acabar con su vida. Una madrugada la sacaron de su cabaña, la ataron a un poste de madera y la acusaron de robar los ojos de los vivos para alimentar a los muertos. La multitud la golpeó y la insultó, y aquella noche Elda Miren murió tres veces:

  • Una, cuando el pueblo le arrancó los ojos.
  • Dos, cuando ardió entre las llamas.
  • Tres, cuando nadie rezó por su alma.

Por eso su espíritu quedó dividido, no sin antes lanzar una maldición que heló el aire: “Cuando me mires, yo te miraré. Cuando me olvides, te haré recordar. Y cuando cierres los ojos… abriré los míos y te los robaré”. Elda murió quemada en la hoguera. Pero al amanecer, todos los que habían presenciado su ejecución despertaron con los ojos cubiertos de una fina capa blanca, como si la niebla se hubiera metido dentro de ellos. Ninguno podía ver y al poco tiempo fueron muriendo sin aparente explicación. Desde entonces, el pueblo fue abandonado. Nadie quiso quedarse en aquel lugar maldito donde solo quedó la historia, repetida generación tras generación por los vecinos de los alrededores de aquella aldea, y por quienes la vuelven a leer —como tú acabas de hacer—.

La maldición que se activa al recordar su nombre

Los que estudian viejas leyendas y cuentos de Halloween dicen que Elda Miren fue real y que se convirtió en “La del Tercer Parpadeo”, una presencia que se manifiesta cada 31 de octubre. Dicen que la maldición se activa cuando lees en voz alta sus últimas palabras y pronuncias su nombre en la noche de Halloween. Primero se nota como un leve picor en los ojos. Otros dicen que las luces empiezan a parpadear fuera de ritmo, uno… dos… tres. A partir de ese momento, si cierras los ojos tres veces seguidas, ella abre los suyos desde el otro lado. Después verás tu propia muerte y ella te arrancará tus ojos para entregárselos a los muertos. Elda busca mirar a quien aún conserva los suyos. Cada parpadeo despierta una parte de su ser. El primero llama su nombre. El segundo abre su mirada. Y el tercero la deja verte. Esta no es solo una de esas historias de Halloween cortas que se cuentan para asustar. Es una advertencia. Porque cada palabra que lees es un espejo que la llama desde el olvido. Así que, si has sido tan insensato/a de invocarla:

  • No parpadees.
  • No tres veces seguidas.
  • No esta noche.

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